Estos tres pequeños cuentos, estas pequeñas historias que hoy quiero compartir, me sucedieron ayer, y me sentiría muy mal si no las escribiera hoy. Los primeros dos cuentos, pienso que tienen que ver mucho sobre la forma de ser de las personas, y de cómo debemos aceptar a todos como sean, el tercero, es algo más personal. Creo que hay muchos momentos en nuestras vidas que podemos utilizar para escribir, el mundo está lleno de inspiración, de palabras que necesitan salir, como si estuvieran ahogandose en el fondo del mar... Vivir inspirado es algo que me gusta mucho.
***
Vi una fuente que tenía el agua muy clara, brillaba con la luz del sol, parecía como que una gota de ese líquido tan transparente bastaba para quitar el calor que hacia. Todo estaba caliente, menos el agua. Yo la miraba de cerquita, todo acalorado con ese traje infernal ajustado al cuerpo: El moño muy derechito; la camisa blanca y los zapatos muy bien lustrados. Vi la fuente y los árboles, muy verdes, casi primaverales: hasta abejas había zumbando cerca de las flores. Intentaba verlo todo para olvidarme del calor que hacia, y de pronto, muy cerca de mi vi a una mujer sentada en el suelo, con sus dos hijas. Nos miraba con los ojos llenos de inocencia y de duda, tenía razgos indígenas pero vestía ropa de ciudad, como si la actualidad le hubiera arrancado sus raíces de repente. Aquí en la ciudad todo el mundo discrimina a los indígenas, los ignoran, aunque ellos se quiten los trajes, las joyas, la lengua. En la plaza donde estaba se pueden ver muchas personas, no sólo indígenas, sino personas de todo tipo: altos, chaparros, güeros, gordos y flacos. Y personas como yo, que miran las fuentes para que pase el tiempo. Seguía yo observando a la mujer, y me pregunté cómo se siente ser arrancado de todo, de lo que eres y de lo que fuiste, qué se siente sentarse en los días de calor en el suelo de una plaza, como si no tuviera el derecho de sentarse en una de las bancas, y sobre todo, me preguntaba porqué permitía que la ignoraran, porque como ya dije los indígenas son discriminados todo el tiempo, si escucha alguien aquí que van dos mujeres hablando otomí, náhuatl o alguna lengua, las miran raro. La mujer pareció leer mis pensamientos, siguió mirandome, se levantó y sin despegar la mirada de mí tomó a sus dos niñas y se fue hasta la banca más cercana. Como si de repente comenzara a sentir que era otra persona más en la ciudad.
De repente llega un hombre sucio a la plaza, con la cara llena de mugre, el cabello todo tieso, la ropa rota y roída, tenía en las manos un edredón blanco también muy sucio, lo usaba a modo de capa. Para llegar a la plaza cruzó la calle sin fijarse en los autos, venía corriendo y cruzó la plaza muy rápido, gritaba:
-¡Viva Hugo Chávez!
Y después hacía una expresión de alegría.
-¡Viva el Partido Socialista Unido de Venezuela!
Una expresión de alegría más.
-¡Viva Chávez! ¡Viva el PSUV! ¡Viva Hugo Chávez!
La gente se alejaba de él, yo nada más me le quedé viendo. Alguien dijo que no lo vieramos. Seguía este hombre gritando cosas sobre Chávez y Venezuela, que a todos se nos olvidó que tenía la ropa mugrosa y el cabello lleno de piojos. Tan rápido fue todo, que en unos pocos segundos vi como el hombre cruzaba la siguiente calle, y se metía por alguna parte. En un abrir y cerrar de ojos desapareció.
Muchas horas más tarde, por la noche y no muy cerca de la catedral, me encontraba yo pisando el lodo húmedo y viendo la hierba crecida. Bajo la luz de las estrellas me encontraba junto a ella, en uno de esos momentos en los que nadie dice nada. Ojalá pudiera haber sido todo de otra forma, ojalá me hubiera encontrado anoche de una manera muy distinta, ojalá hubieramos podido decirnos algo. Ojalá me hubiera sentido libre, de eso se trataba todo, de olvidar lo que había pasado, de no desear que sucediera algo más, pero me encontraba deseando lo imposible, pensando en la posibilidad de que no existiera esa barrera transparente entre nosotros dos y que pudieramos juntar nuestros labios de repente sin que nos importara el frío, la hierba o el lodo, olvidarnos de todo menos de nuestra existencia. Yo sé que no debí pensar en nada más que en el pasto y la noche, y que muchas, pero muchas veces no es bueno desear.
De repente llega un hombre sucio a la plaza, con la cara llena de mugre, el cabello todo tieso, la ropa rota y roída, tenía en las manos un edredón blanco también muy sucio, lo usaba a modo de capa. Para llegar a la plaza cruzó la calle sin fijarse en los autos, venía corriendo y cruzó la plaza muy rápido, gritaba:
-¡Viva Hugo Chávez!
Y después hacía una expresión de alegría.
-¡Viva el Partido Socialista Unido de Venezuela!
Una expresión de alegría más.
-¡Viva Chávez! ¡Viva el PSUV! ¡Viva Hugo Chávez!
La gente se alejaba de él, yo nada más me le quedé viendo. Alguien dijo que no lo vieramos. Seguía este hombre gritando cosas sobre Chávez y Venezuela, que a todos se nos olvidó que tenía la ropa mugrosa y el cabello lleno de piojos. Tan rápido fue todo, que en unos pocos segundos vi como el hombre cruzaba la siguiente calle, y se metía por alguna parte. En un abrir y cerrar de ojos desapareció.
Muchas horas más tarde, por la noche y no muy cerca de la catedral, me encontraba yo pisando el lodo húmedo y viendo la hierba crecida. Bajo la luz de las estrellas me encontraba junto a ella, en uno de esos momentos en los que nadie dice nada. Ojalá pudiera haber sido todo de otra forma, ojalá me hubiera encontrado anoche de una manera muy distinta, ojalá hubieramos podido decirnos algo. Ojalá me hubiera sentido libre, de eso se trataba todo, de olvidar lo que había pasado, de no desear que sucediera algo más, pero me encontraba deseando lo imposible, pensando en la posibilidad de que no existiera esa barrera transparente entre nosotros dos y que pudieramos juntar nuestros labios de repente sin que nos importara el frío, la hierba o el lodo, olvidarnos de todo menos de nuestra existencia. Yo sé que no debí pensar en nada más que en el pasto y la noche, y que muchas, pero muchas veces no es bueno desear.
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-CL-






